En la calma que se produce entre batalla y batalla en estos campos de Flandes se corre el peligro de caer en la autocomplacencia. Bajas la guardia y te engañas con la ilusión de que la guerra ha terminado. Luego, naturalmente, cuando la lanza arrojada desde un flanco del que hasta ese momento no habían llegado ataques te hiere de refilón (por suerte el lancero no era muy diestro y no ha dado en ningún órgano vital) te quedas con cara de idiota mirando cómo se cimbrea el astil clavado en el árbol en el que descansabas recostado.Thursday, September 14, 2006
¡Que le corten la cabeza!
En la calma que se produce entre batalla y batalla en estos campos de Flandes se corre el peligro de caer en la autocomplacencia. Bajas la guardia y te engañas con la ilusión de que la guerra ha terminado. Luego, naturalmente, cuando la lanza arrojada desde un flanco del que hasta ese momento no habían llegado ataques te hiere de refilón (por suerte el lancero no era muy diestro y no ha dado en ningún órgano vital) te quedas con cara de idiota mirando cómo se cimbrea el astil clavado en el árbol en el que descansabas recostado. No sirve como excusa que el ataque llegara de una posición casi en la retaguardia y no viniera de frente, además de ir encubierto tras el camuflaje patriotero (e interesado) de las bondades y la superioridad del producto nacional. Cuando se está en servicio activo, la autocomplacencia suele pagarse cara. Esta vez he tenido suerte.
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