Thursday, September 14, 2006

¡Que le corten la cabeza!

En la calma que se produce entre batalla y batalla en estos campos de Flandes se corre el peligro de caer en la autocomplacencia. Bajas la guardia y te engañas con la ilusión de que la guerra ha terminado. Luego, naturalmente, cuando la lanza arrojada desde un flanco del que hasta ese momento no habían llegado ataques te hiere de refilón (por suerte el lancero no era muy diestro y no ha dado en ningún órgano vital) te quedas con cara de idiota mirando cómo se cimbrea el astil clavado en el árbol en el que descansabas recostado.

No sirve como excusa que el ataque llegara de una posición casi en la retaguardia y no viniera de frente, además de ir encubierto tras el camuflaje patriotero (e interesado) de las bondades y la superioridad del producto nacional. Cuando se está en servicio activo, la autocomplacencia suele pagarse cara. Esta vez he tenido suerte.

Si a eso le añadimos que algunas lanzas de otros batallones amigos se han levantado en defensa de la tropa a la que pertenezco, entonces gritas de contento y jaleas a esos soldados aunque no lo hagas a voz en cuello, sino desde el corazón.

Al ver el grito de guerra enemigo “el traductor es el traidor” (sólo faltaba la coletilla de la Reina de Corazones de Alicia en el País de las Maravillas: ¡Que le corten la cabeza!) estuve fisgando un rato por la red de redes y he visto lo mucho que se utiliza la frase de origen italiano (traduttore, traditore) para descalificar a quienes nos dedicamos a esto. A veces sí se dan nombres, pero la norma es generalizar. Cierto es que en ocasiones te duelen los ojos cuando ves el uso (el mal uso) que dan al castellano algunos —permitidme que lo ponga entre comillas— “traductores”, pero generalizar en ciertas cosas —diría que en cualquier cosa— adolece de rigurosidad y de objetividad.

La posible explicación al hecho de que en ocasiones se publiquen libros con algunas barbaridades en la traducción se debe, en mi opinión, a dos puntos, aunque el primero es sólo una conjetura, simples deducciones sin el respaldo de pruebas. El otro también es una suposición que deriva de reflexiones en esos tiempos de calma entre batalla y batalla, cuando el cansancio se deja notar; y no sólo el cansancio de la brega diaria, sino el que genera el desencanto y la falta de ilusión.

En primer lugar, no entiendo que muchos de esos fallos que salen publicados se le escapen a un corrector de estilo, lo que me ha llevado a pensar si todavía existe un corrector de estilo en el proceso de la publicación; o pudiera ser que el trabajo del corrector de estilo lo haga alguien que no lo es. En cuanto a la otra presunción, tengo el pálpito de que las editoriales contratan de vez en cuando "eventuales" para realizar una traducción, personas que hacen ese trabajo mientras encuentran uno más acorde con su preparación, sus aspiraciones, su vocación; y mejor remunerado. Podría ser uno de los motivos por lo que en algunas series han participado varios traductores.

Los traductores empezamos a ser una especie en vías de extinción porque cada vez somos menos los que nos empecinamos en seguir en la brecha y trabajar por la soldada que se paga por luchar en Flandes. ¿Hacerse rico con esto? Ja, ja, ja. Nuevamente me hago eco de parte de esa frase de César y, sí, definitivamente, cada vez quedamos menos gilipollas.

Quiero agradecerles a esos soldados de otros batallones que hayan alzado sus voces y sus lanzas en defensa de esta profesión. No es la primera vez que tengo la satisfacción de manifestar mi agradecimiento a personas así. Mi pensamiento y mi corazón estarán con vosotros durante las duras horas de combate, y por vosotros intentaré poner una pica en Flandes cada vez que acometa esta difícil empresa. Saber que estáis ahí hace menos dura la soledad en los tercios. Gracias.

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